domingo, 22 de octubre de 2017

Más allá del muro


Más allá del muro está la libertad. Esta ciudad es gris, triste. Es una ciudad muerta desde que nos ocurrió aquello y levantaron un muro y nos encerraron dentro sin ninguna posibilidad de salir. Digo bien, nadie puede escapar de la ciudad, aunque todos anhelen saltar el muro, burlar la vigilancia, pero casi nadie se atreve y, los que lo hacen, mueren de un disparo o son perseguidos y atrapados por los vigilantes y sus perros.

Ahora pienso en Eliza. Ella fue la primera. Me ofreció su amor a cambio de huir juntos. Me negué argumentando que aquí nos agenciaríamos un reducto para vivir lo nuestro a espaldas de la realidad que nos rodea. Pero ella no aceptó y me miró, por primera vez, con una lástima soterrada. Un día se acercó al muro dispuesta a saltar. Trataba de huir para encontrar la libertad soñada. Quería caminar por los bosques que hay más allá del muro donde se espesan los árboles y nacen los caminos. Me dejó una nota donde exponía los motivos por los que huía de la ciudad. Los había enumerado ordenadamente. Era algo así como una nota meditada que trataba de justificarme su abandono, un intento por hacerme comprender que el conjunto de motivos que la impulsaban a huir tenían más peso que nuestro amor.

En su nota decía que había tomado esta decisión porque no soportaba el aire viciado que respirábamos a cada instante, por el miedo que leía en los ojos de la gente y porque no existían ilusiones que fabricar ni proyectos que llevar a cabo, que detrás del muro se podían encontrar distintos modos de vida. Creo que fue esto último lo que la decidió a intentarlo, lo sé porque era lo único que había escrito con tinta roja.

Ese arrojo que tuvo Eliza fue lo que animó a muchos otros a decidirse. Modos de vida, eso era, en realidad, lo que empujó a los demás a querer irse de un lugar donde la vida era siempre igual para todos. Y vuelvo a repetir que por esto último muchos han ido muriendo heroicamente. Yo también quiero morir, sí, quiero morir simplemente por Eliza. Al igual que ella todos los que intentan saltar el muro expresan en una simple nota los motivos que los mueven a querer arriesgarse. Sé que de no haber sido por esa nota que me dejó ella, todo habría seguido igual: nosotros encerrados en esta ciudad sombría y los guardias con sus perros feroces aburriéndose, esperando a que alguien lo intentara para dispararle y, de esta manera, justificar su salario. Dicen que son unos cabrones de mierda que se pelean por conseguir una víctima. Así ocurrió con Eliza, todos se la disputaban en cuanto la vieron intentar escalar el muro. Y ella, al poco rato, quedó allí tendida, muerta, y sin embargo con una sonrisa limpia en sus labios, como el que, al menos, acaba de intentar alcanzar una meta largamente anhelada. Ni un rastro de derrota en su rostro. Eliza era de las que pensaban que, en nuestra mezquina vida, todo había que intentarlo. Por eso pienso en Eliza, y por ella voy a intentar huir, en realidad voy a suicidarme. Sólo deseo morir en el mismo lugar donde ella cayó.

Fue un día igual a otros. Húmedo, opaco y gélido. Se encaminó con paso decidido por las calles solitarias. Cabizbajo, apenas saludó a algún convecino tan gris y anodino como él.

Otro que se encamina al muro, pensó al captar su aire resuelto, porque esta decisión significativa cubría el rostro del temerario de una euforia inusual. Bajó la pendiente, atravesó el pedregal y, al fondo, avistó el muro, que se alzaba temible, atemorizante. Ni siquiera se detuvo, tal fue su decisión. Tampoco miró a su alrededor, siguió caminando con la valentía inconsciente de quien lo tiene todo perdido. Pensó en algo inconcreto, en unos ojos que un día lo miraron de una forma recriminatoria que le removieron el alma, y también en que, en algún lugar, existía sin duda un aire limpio y algún reducto alegre y soleado.

El mundo detrás del muro es para los valientes, había oído decir, y la valentía asusta a los cobardes, sólo que él nunca fue un valiente, ni siquiera fue capaz de acompañar a Eliza.

Pero ahora sí. Ahora tenía que dar la talla. Cuando llegó al pie del muro, no se detuvo. Trepó y trepó hasta alcanzar el otro lado. Sorprendido de su proeza, trató de captar algún ruido, el ladrido de los perros, los avisos de alerta de los vigilantes, algo, pero el viento que provenía del bosque cercano era el único que lo llamaba. Incrédulo, y, reflexionando acerca del resultado de su valentía, se encaminó en dirección al bosque.

Pronto comenzó a saborear tímidamente el triunfo y la extraña sensación de sentirse libre, incluso experimentó cierta frustración por no haber conseguido su objetivo real. Estaba vivo sin querer. Las nubes se desgajaban a lo lejos y el sol brilló por encima de los árboles. El siguió caminando cada vez más deprisa, ya corría y pronto comenzó a enumerar y a mascar ese conjunto de motivos por los que ya quería seguir viviendo, incluso le pareció increíble haber pensado hacía un momento en lo contrario. Después de una larga caminata se encontró fuera de los límites del bosque. A lo lejos vio una casa rodeada por un jardín.

Las rosas florecían y los setos estaban bien cuidados. Cuando se acercó, frente a él estaba un niño que al verlo comenzó a gritar y a correr despavorido. Él lo siguió, trataba de decirle que era el primero en conseguir la ardua, peligrosa y terrible huida de una ciudad siniestra; quería transmitirle al chico la feliz ilusión del iluso.

Apenas notó el impacto. El hombre acababa de dispararle. Antes le había ordenado al niño que entrara en la casa y a él le gritó que no se acercara, pero no le hizo caso y siguió caminando mientras, con lágrimas en los ojos, exclamaba que lo había hecho por Eliza y por todos los que también lo intentaron sin éxito. Fue entonces cuando el hombre de la casa le disparó en medio de un terror en donde sobresalía la ávida codicia del que se quiere cobrar una pieza. Después de que se hubo asegurado que estaba muerto, hizo una llamada de emergencia. Temblaba de pies a cabeza, y, una vez que tiró el arma, descontrolado, se arrodilló junto al cuerpo inerte y  registró sus bolsillos. Sólo encontró una simple nota, estaba arrugada y empapada en sudor, en ella el fugitivo había escrito en rojo un nombre, sin duda el único motivo que lo había empujado a suicidarse.

Mely Rodríguez Salgado


                       High Park Pickets  -  Rob Gonsalves


                      Another Brick In The Wall, Part Two  -  Pink Floyd





lunes, 11 de septiembre de 2017

El viento



A comienzos de la estación seca veis a todos los pájaros remontarse muy alto por los aires. Dan vueltas, aletean, se abalanzan, se dejan caer, remontan el vuelo, se persiguen, infatigables, obstinados, como si quisieran despistar. Todas las mañanas se citan en el cielo, donde evolucionan por bandadas, juguetean y pían a cual más fuerte. Pero si los observáis más detenidamente, veréis que semejante torbellino de alas, plumas y trinos ensordecedores, que cualquiera podría tomar por una pelea, no está causado por los pájaros, sino por el viento, el viento que los lleva, el viento que los lanza, el viento que los sopla, los anima y los cansa.

Lo mismo ocurre a ras de suelo con eso que pasa levantando polvo, esa rápida bola de plumas, temblorosas, que no es el avestruz, sino el viento.

El viento.

El viento vive en la cumbre de una montaña muy alta. Vive en una gruta. Pero casi nunca está en casa, pues no puede estarse quieto. Siempre tiene que salir. Cuando está dentro, da voces y su cueva resuena en la lejanía como el trueno.

Cuando por casualidad se queda dos o tres días en su casa, tiene que dedicarse a hacer ejercicio.

Baila, brinca, salta sin ton ni son; le propina grandes arañazos a las piedras de silex, picotazos a las rocas, aletazos a su puerta, aunque la tierra se estremezca a lo lejos y el monte en que habita esté lleno de barrancos. Pero no debemos creer por eso que está enfurecido o que mide sus fuerzas, no. Se divierte. Juega. Eso es todo.

Hace tanto ejercicio que siempre tiene hambre. Por eso entra, sale, vuelve a casa y sale de nuevo.

Pero es todavía más impulsivo que glotón. Vuela hasta muy lejos para traer una semilla diminuta que deja caer antes de volver para abalanzarse sobre una piedra brillante que se dispone a depositar en su nido. Su casa está llena de conchas, chinas, de cosas atractivas e inútiles, un viejo trozo de hierro, un espejo. No hay nada que comer, nada bueno. Fuera, se come una mosca, la emprende con un plátano, desentierra una raíz de mandioca, sacude los árboles sin recoger las nueces, salta de los arrozales a los campos de mijo, revuelve el maíz, dispersa las habichuelas y las habas. Siempre distraído, pero con el ojo encendido por la codicia, suele comisquear todo sin llegar a alimentarse de forma seria. Por eso siempre tiene hambre.

Es un ser tan atolondrado que con frecuencia ignora el porqué de su salida y llega a olvidar su hambre. Entonces se pregunta:

-¿Por qué estoy dando vueltas en el aire?

Y se enfurece y destroza todo, las plantaciones y lo demás, y aterroriza a los hombres guarecidos en sus pueblos. Una vez que ha conseguido derribar la choza de paja del jefe, ya se encuentra satisfecho y se remonta muy alto por los aires.

Entonces se dice que planea.

El agua apenas se riza.

¿Habéis notado que el viento no tiene sombra, ni siquiera cuando merodea en torno al sol, en pleno mediodía?

Es un auténtico mago.

Por eso es inconstante.

Es el hijo de la Luna y el Sol.

Por eso nunca duerme y nunca se sabe cuando bromea, zascandilea o se enfada.

A fuerza de ir y venir, de dar vueltas y de regresar una y mil veces sobre sus pasos, nada se mueve en torno a su vivienda. Allí no hay más que piedras, piedras, arena y piedras movedizas. Es un espantoso desierto de calor y sed, y otra vez calor. Aquí es donde el viento juguetea como si tuviera hijos pequeños. Pero no tiene hijos. Vive solo. Y todas esas señales en la arena, las grandes y las pequeñas, las ha hecho el viento, bien posándose sobre sus patas, bien con la punta de las alas al desplazarse, y si os caéis en un hoyo, es también el viento quien lo hizo a propósito con un pico.

¡Buscad al viento! Pensaréis que está en una duna y estará en un barranco; lo buscaréis por los valles y estará en la cresta de una montaña. ¡Buscad al viento! Se reirá de vosotros en cada desfiladero, en cada pliegue del terreno, lejos o muy cerca, detrás de vosotros remolinea. ¿Qué forma tiene? Si rastreáis huellas en la arena, acabaréis como una tortuga. Pero el viento está en la tortuga. Él ríe. Es un tambor. Y si oís andar por las piedras, no es un lagarto, es el viento, sí, el viento.

Cuando el viento acaba por tener demasiado calor en su tierra, se marcha lejos y se deja caer en el mar. ¿Creéis acaso que saltan los peces? No, es el viento. ¿Una piragua que zozobra? No, es el viento.

¿Una nube?

¡Ya está aquí la lluvia!

¡Ya está aquí la lluvia!

¡El tiempo seco ha terminado!

¡Y es otra vez el viento!

Gracias, viento.




                       El Peine del Viento - Eduardo Chillida



                        Call Me The Breeze - Eric Clapton




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sábado, 2 de septiembre de 2017

El testamento


Se cuenta que un señor, por ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente escrito:


“Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta del sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo Facundo”.


Cuando se leyó el documento, las personas aludidas se atribuían la preferencia. Con el fin de resolver las dudas, acordaron que cada uno se llevara el escrito y le colocara la puntuación respectiva.

El sobrino Juan lo presentó de la siguiente forma:


“Dejo mis bienes a mi sobrino Juan, no a mi hermano Luis. Tampoco, jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


El hermano Luis presentó su reclamo de esta manera:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? ¡No! A mi hermano Luis. Tampoco, jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


El sastre justificó su derecho como sigue:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. Se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


Los Jesuitas consideraron que el documento debería interpretarse de la siguiente manera:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. ¿Se pagará la cuenta del sastre? Nunca, de ningún modo. Para los Jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo. Facundo”.


Esta lectura ocasionó grandes escándalos y para poner orden, se acudió a la autoridad. Ésta consiguió establecer la calma y después de examinar el escrito, dijo en tono severo:

Señores, aquí se está tratando de cometer un fraude; la herencia pertenece al Estado, según las leyes; así lo aprueba esta interpretación:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco. Jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo, para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


En tal virtud, y no resultando herederos para la herencia, queda incautada en nombre del Estado, y se da por terminado este asunto.

Nota: el presente texto cuenta con numerosas versiones en la red. Desconozco al autor/a.

La lectora - Pierre Auguste Renoir, 1890


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domingo, 6 de agosto de 2017

Mi amigo Lucas


Tengo un amigo todo lo dulce y tímido que puede pedirse. Se llama Lucas, usa lentes sin armazón y anda por los cuarenta años. Es de reducida estatura, es delgaducho, tiene un bigotito ralo y una calva que reluce.

Para no molestar a nadie, camina siempre de perfil. En vez de pedir permiso, prefiere deslizarse apenas por un costado. Los perros y los gatos callejeros le infunden terror, y, para evitarlos, se cruza a cada instante de una vereda a la otra.

Habla con una vocecilla sutil, casi transparente de tan inaudible. Jamás ha interrumpido a nadie, pero no logra emitir más de dos palabras sin que lo interrumpan. Y se siente dichoso de haber podido pronunciar esas dos palabras.

Hace años que mi amigo Lucas está casado: con una mujer delgada, colérica, nerviosa; tiene voz aguda hasta lo insufrible, fuertes pulmones, nariz afilada y lengua de víbora; su temperamento es indomable, y su vocación, domadora.

Lucas —me gustaría saber cómo— se ha continuado en un niño. La madre lo bautizó Juan Facundo: es alto, rubio, flequilludo, atlético, inteligente, suspicaz, irónico y vigoroso. Él y su madre le asignan a Lucas un lugar nulo en el universo y, por ende, desoyen sus escasas e imperceptibles opiniones.

Lucas es el más antiguo y el menos importante de los empleados de una lúgubre compañía importadora de tejidos. Es una casa muy oscura, con pisos de madera negra, ubicada en la calle Alsina. El dueño se llama don Aqueróntido: hombre de bigotes feroces, de pelo hirsuto, de voz atronadora, violento, avaro. Mi amigo Lucas se presenta vestido de negro, con un traje muy viejo, brilloso de tanto uso. Sólo posee una camisa, con anacrónico cuello de plástico. Y una sola corbata: tan deshilachada, que parece un cordón de zapatos. Incapaz de resistir la mirada de don Aqueróntido, Lucas no se atreve a trabajar sin saco y se coloca un par de sobremangas grises para preservarlo. Su salario es irrisoriamente bajo: no obstante, Lucas permanece todos los días trabajando tres o cuatro horas de más, pues la tarea que le ha asignado don Aqueróntido es tan desmesurada, que no alcanzaría a realizarse en el horario normal.

Justamente ahora —cuando don Aqueróntido acaba una vez más de rebajarle el sueldo— la mujer ha decidido que Juan Facundo no cumpla sus estudios secundarios en un colegio estatal y gratuito. Ha preferido inscribirlo en un instituto muy costoso del barrio de Belgrano. Ante esta derogación, Lucas ha dejado de comprar las Selecciones del Reader’s Digest, que constituían su lectura predilecta (en el último artículo que leyó una psicóloga exhortaba al marido a autorreprimir la propia personalidad avasallante para no entorpecer la realización personal de su esposa y sus hijos).

Pero, apenas sube a un colectivo, Lucas suele proceder así: Pide el boleto y empieza lentamente a buscar el dinero, manteniendo al chofer con la mano extendida y en un estado de incertidumbre. Lucas no se apresura en absoluto: es posible que la impaciencia del conductor le cause placer. Luego paga con la mayor cantidad posible de monedas de escaso valor, entregándolas de a poco, en cantidades distintas y a intervalos irregulares. Esto perturba al chofer, pues, además de estar atento al tránsito, a los semáforos, a los pasajeros que suben y bajan, y al manejo del vehículo, debe simultáneamente efectuar cálculos aritméticos. Lucas agrava sus problemas incluyendo en el pago una vieja moneda paraguaya que conserva con tal propósito y que le es invariablemente devuelta en cada ocasión.

Así, suelen cometerse errores en las cuentas y, entonces, entablada la discusión, Lucas defiende sus derechos con razonamientos contradictorios y absurdos, de tal modo que nadie sabe qué argumenta en realidad. El colectivero suele terminar, en tácita rendición, por arrojar las monedas a la calle —tal vez para no arrojar a Lucas o arrojarse él mismo—.

Cuando llega el invierno, Lucas viaja con la ventanilla abierta de par en par. El primer perjudicado es él: ha contraído una tos crónica que a menudo le hace pasar las noches en vela.

Durante el verano, cierra herméticamente la ventanilla y deja que el sol pegue en el vidrio y multiplique su calor: de esta manera, más de una vez ha sufrido quemaduras de primer grado.

Lucas tiene prohibido el tabaco y, en realidad, fumar le resulta insoportable. Pero en el colectivo enciende un cigarro gordo, barato y de espantoso olor que produce ahogos y toses.

Cuando baja, lo apaga y lo guarda para el próximo viaje.

Lucas es una personita sedentaria y escuálida: jamás le interesaron los deportes. Sin embargo, los sábados a la noche sintoniza su radio portátil, dándole el máximo volumen, para escuchar el boxeo. El domingo lo dedica al fútbol, y tortura a los demás viajeros con estruendosas trasmisiones.

El asiento del fondo es para cinco personas: Lucas, a pesar de su pequeño tamaño, se ubica de modo que sólo quepan cuatro y aun tres. Si hay cuatro sentados y Lucas está de pie, exige permiso con tono de indignación y de reproche, y se sienta con las manos en los bolsillos del pantalón, de manera tal que sus codos quedan incrustados en las costillas de sus aláteres.

Cuando viaja de pie, lo hace con el saco desabotonado, procurando que el borde inferior pegue en el rostro o en los ojos del que está sentado.

Si alguien se halla leyendo, pronto se convierte en presa de Lucas: para hacerle sombra coloca la cabeza bajo la lamparilla. A intervalos, la retira, como por azar; el lector devora con ansiedad una o dos palabras, y allí, incansable, vuelve Lucas al ataque.

Mi amigo Lucas conoce la hora en que el colectivo se halla más atestado. Antes de subir, ingiere un emparedado de salame y roquefort, y bebe un vaso de vino tinto ordinario. En seguida, con los restos del pan mascado y del fiambre y el queso entre los dientes, y con la boca bien abierta, recorre el vehículo pidiendo enérgicamente permiso.

Si se acomoda en el primer asiento, no lo cede a nadie. Pero, si se halla en los últimos y sube un anciano enclenque o una mujer con un bebé en brazos, Lucas —sin perder un segundo— se levanta con celeridad y los llama a grandes voces, ofreciéndoles su lugar. Ya de pie, expone un comentario recriminatorio contra los que permanecieron sentados. Su elocuencia es abrumadora: varios pasajeros, mortalmente avergonzados, descienden siempre en la siguiente esquina. Al instante, Lucas ocupa el mejor de esos asientos libres.

Mi amigo Lucas se apea de muy buen humor. Camina hacia su casa con timidez y por el cordón de la vereda. Como carece de llave, tiene que tocar el timbre. Si en la casa hay alguien, rara vez se niegan a abrirle. En cambio, si su mujer, su hijo o don Aqueróntido no se encuentran, Lucas se sienta en el umbral a esperar que regresen.

Fernando Sorrentino (Argentina, 1942)


     El Mandril - Franz Marc, 1913



sábado, 5 de agosto de 2017

Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza


Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.

No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, levemente canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado pacíficamente en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánicamente e indiferentemente pegándome paraguazos.

En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación (me da mucha rabia que me molesten cuando leo el diario): él siguió tranquilamente aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: e imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un terrible puñetazo en el rostro. Sin duda, es un hombre débil: sé que, pese al ímpetu que me dictó mi rabia, yo no pego tan fuerte. Pero el hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, no sé por qué, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberle pegado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, totalmente indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. O, si se quiere, una mosca del tamaño de un murciélago.

De manera que yo no podía soportar ese murciélago. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando infructuosamente de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.

Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: “Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza.” Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.

Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.

Bajé -bajamos- en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fé. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: “¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza? ”. Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos nos empezaron a seguir, gritando como energúmenos.

Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle precipitadamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.

Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.

Con todo, nuestras relaciones no siempre has sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y -Dios me perdone- hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes mansamente, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. Esa, en fin, certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.

Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. Tampoco sé si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.

Por otra parte, últimamente he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, tengo un presentimiento horrible. Una profunda angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

Fernando Sorrentino (Argentina, 1942)


The Silly Walks Song - Monty Python





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lunes, 31 de julio de 2017

Fiesta de disfraces


Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fui de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.

Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.

Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo…

De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta de disfraces. Iré allí, me dije. Llevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta. Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé a la puerta. El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé: “Hola, ya conoces a los Solomon”. Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un seguro.

Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes. Yo me dije: Ésta es la mía. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el bosque. Pero… me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que los martes, los jueves y muy especialmente los sábados…

A la mañana siguiente, los Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York. Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.

Regreso solo a casa. Son las dos de la madrugada y la oscuridad es total. En la mitad del vestíbulo de mi edificio me encuentro con un hombre de Neanderthal. Con el arco superciliar y los nudillos velludos. Creo que aprendió a andar erguido aquella misma mañana. Había acudido a mi domicilio en busca del secreto del fuego. Un morador de los árboles a las dos de la mañana en mi vestíbulo.

Me quité el reloj y lo hice pendular ante sus ojos: los objetos brillantes los apaciguan. Se lo comió. Se me acercó y comenzó un zapateado sobre mi tráquea. Rápidamente, recurrí a un viejo truco de los indios navajos que consiste en suplicar y chillar.

- Woody Allen



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