viernes, 16 de marzo de 2018

Revolución


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En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.

Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.

Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.

Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.

Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.

La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.

Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.

Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.

Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.

Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites.

Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la  vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.

Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.

Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.

De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.

Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.

Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

Slawomir Mrozek


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                       Versión a escala natural de 'El dormitorio en Arlés' de Vincent van Gogh



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domingo, 4 de febrero de 2018

Cambio de vida



David vivía felizmente con su mujer en una masía rodeada de prados azules. Era leñador y propietario de una fábrica de sonrisas de madera que su padre, antes de morir, le había dejado en herencia. De él heredó también dos inmensas fincas de tierras fértiles en la ladera del monte. Allí sacaba todos los años una buena cosecha de jamones y huevos de corral.

Lourdes, su mujer, le ayudaba en las tareas del campo y cuidaba el jardín de flores de plástico que rodeaba la enorme casona. Tenían un perro llamado Gato que cazaba ratones y comía pescado.

Como David y Lourdes no podían concebir hijos, cuando ella se quedó embarazada dio a luz un bonito jarrón de cerámica portuguesa que cuidaron con cariño desde el día de su nacimiento.

Pero el leñador estaba cansado de ser tan feliz y decidió que quería dar un vuelco a su vida. Así que habló con su mujer para plantearle su deseo:

–Mira, Lourdes –reflexionó–, llevamos queriéndonos demasiado tiempo y además no tiene remedio porque cada día nos queremos más. Esto no puede seguir así.

–Pero, cariño –replicó la mujer–, si quieres podemos enfadarnos de vez en cuando, solo tienes que decírmelo.

–No, mi amor, no se trata de eso –balbuceó David–. Es por todo en general. Estoy cansado de la fábrica de sonrisas, de que todo nos vaya tan bien, tanta felicidad me abruma… y luego las cosechas… son las mejores del mundo. ¿Crees que podemos aguantar toda la vida recibiendo premios por la calidad de nuestros jamones? ¿Cuándo acabará tanta armonía?

–David, saldremos de esto –aseguró Lourdes–. Te lo prometo.

–No repliques, querida, la decisión está tomada. Cada vez lo veo con más claridad. Mi deseo es irme de aquí. No tengo más que decir.

Al cabo de los días, David abandonó a su mujer y a su jarrón de cerámica portuguesa y se fue a la capital con una maleta llena de nada. Allí alquiló un carísimo apartamento de treinta metros cuadrados con unas preciosas vistas al patio de luz.

En el terreno laboral tuvo la suerte de encontrar un estupendo trabajo basura en una pizzería, donde le hicieron un contrato de prueba de tres meses.

Lourdes le llamaba todos los días, pero él llegaba tan agotado a casa después de sus diez horas de trabajo que nunca tenía fuerzas para llamarle.

Tras nueve jornadas de intenso esfuerzo, por fin llegó su día libre, y justo esa mañana cuando se disponía a llamar a Lourdes, ésta se adelantó:

–David, amor, ¿por qué no has respondido a mis llamadas? Deja tu orgullo y vuelve a casa, nuestro jarrón te echa de menos y yo también –suplicó–. Me siento tan sola con la compañía del repartidor de leche. Únicamente pasa las noches conmigo y por el día te añoro tanto…

–Lourdes, mi vida, estoy bien. Por fin soy infeliz, tengo un trabajo de mierda, vivo en una caja de cerillas, gano cuatrocientos euros al mes, no me hablo con ninguno de mis vecinos, tú te acuestas con el fornido lechero, y por si fuera poco estoy lejos de la gente que quiero. ¿Qué más puedo pedir?

–Cariño, vuelve, por favor –rogó la mujer llorando–. Hasta mis preciosas flores de plástico se han marchitado, yo sola no puedo podar los jamones y los árboles no tienen a un leñador que les acaricie con el hacha…

–No insistas, Lourdes. ¿No ves que aquí puedo sentirme realizado? Además, vosotros estáis mejor sin mí y el repartidor de leche sabe cuidar bien de ti…

–Está bien, David, ya veo que te has convertido en un egoísta. Tú sólo piensas en nuestra felicidad, sin importarte cómo podamos sentirnos. No tengo nada más que decirte.

Lourdes, tajante, colgó el teléfono sin darle oportunidad de réplica a David. Un rato después sonó de nuevo el teléfono. Era el encargado de la pizzería. Le pidió a David que fuera a trabajar para cubrir la baja de un compañero que había enfermado. David salió de casa y durante el trayecto de hora y media hasta la pizzería estuvo pensando lo afortunado que era por tener una vida llena de motivaciones.








jueves, 2 de noviembre de 2017

Breve biografía de un bigote



Angustiado por el peso de la culpa, el hombrecillo del bigote renació –en sentido literal– de sus cenizas. Dispuesto a emprender grandes cambios, empezó por enmendar los errores del pasado: abortó la orden de hacer matar a su perrita Blondie y anuló su reciente y apresurado matrimonio, y a continuación abandonó su escondite bajo tierra con renovado espíritu.

Irritado por la visión de aquellas dramáticas escenas de sangre y destrucción, increpó a los soldados de uno y otro bando y propugnó a voces la necesidad de acabar cuanto antes con la contienda. Durante su viaje al pasado, el hombrecillo del bigote empezó a congeniar con quienes no pensaban o no eran como él, propugnó la igualdad entre todas las personas al margen de su raza, condenó cualquier tipo de asesinato –en especial los cometidos al dictado de sus órdenes en su primera vida–, quemó el manuscrito de su venenoso ensayo, retiró sus vehementes e incendiarios discursos realizados en oscuras cervecerías, borró su participación en cierto golpe de Estado y se inhibió de cualquier actividad política.

En definitiva: se afeitó el bigote.

Llegado a este punto, el hombrecillo sin bigote (gran amante de la música, la ópera, la arquitectura, la escultura y, por supuesto, la pintura) camina ahora feliz por las calles de la Viena de 1907, cargado de lienzos y pinceles, dispuesto a hacer un trascendental examen de ingreso en la Academia de Bellas Artes.

En un acto de narcisismo, este joven (creemos recordar que Adolf Hitler es su nombre) piensa que su dedicación a la pintura marcará un antes y un después en la historia del siglo XX.

Francisco Rodríguez Criado


                       Autor: El hombrecillo sin bigote, 1910



                       Tu Es Partout - Edith Piaf  |  Saving Private Ryan





domingo, 22 de octubre de 2017

Más allá del muro


Más allá del muro está la libertad. Esta ciudad es gris, triste. Es una ciudad muerta desde que nos ocurrió aquello y levantaron un muro y nos encerraron dentro sin ninguna posibilidad de salir. Digo bien, nadie puede escapar de la ciudad, aunque todos anhelen saltar el muro, burlar la vigilancia, pero casi nadie se atreve y, los que lo hacen, mueren de un disparo o son perseguidos y atrapados por los vigilantes y sus perros.

Ahora pienso en Eliza. Ella fue la primera. Me ofreció su amor a cambio de huir juntos. Me negué argumentando que aquí nos agenciaríamos un reducto para vivir lo nuestro a espaldas de la realidad que nos rodea. Pero ella no aceptó y me miró, por primera vez, con una lástima soterrada. Un día se acercó al muro dispuesta a saltar. Trataba de huir para encontrar la libertad soñada. Quería caminar por los bosques que hay más allá del muro donde se espesan los árboles y nacen los caminos. Me dejó una nota donde exponía los motivos por los que huía de la ciudad. Los había enumerado ordenadamente. Era algo así como una nota meditada que trataba de justificarme su abandono, un intento por hacerme comprender que el conjunto de motivos que la impulsaban a huir tenían más peso que nuestro amor.

En su nota decía que había tomado esta decisión porque no soportaba el aire viciado que respirábamos a cada instante, por el miedo que leía en los ojos de la gente y porque no existían ilusiones que fabricar ni proyectos que llevar a cabo, que detrás del muro se podían encontrar distintos modos de vida. Creo que fue esto último lo que la decidió a intentarlo, lo sé porque era lo único que había escrito con tinta roja.

Ese arrojo que tuvo Eliza fue lo que animó a muchos otros a decidirse. Modos de vida, eso era, en realidad, lo que empujó a los demás a querer irse de un lugar donde la vida era siempre igual para todos. Y vuelvo a repetir que por esto último muchos han ido muriendo heroicamente. Yo también quiero morir, sí, quiero morir simplemente por Eliza. Al igual que ella todos los que intentan saltar el muro expresan en una simple nota los motivos que los mueven a querer arriesgarse. Sé que de no haber sido por esa nota que me dejó ella, todo habría seguido igual: nosotros encerrados en esta ciudad sombría y los guardias con sus perros feroces aburriéndose, esperando a que alguien lo intentara para dispararle y, de esta manera, justificar su salario. Dicen que son unos cabrones de mierda que se pelean por conseguir una víctima. Así ocurrió con Eliza, todos se la disputaban en cuanto la vieron intentar escalar el muro. Y ella, al poco rato, quedó allí tendida, muerta, y sin embargo con una sonrisa limpia en sus labios, como el que, al menos, acaba de intentar alcanzar una meta largamente anhelada. Ni un rastro de derrota en su rostro. Eliza era de las que pensaban que, en nuestra mezquina vida, todo había que intentarlo. Por eso pienso en Eliza, y por ella voy a intentar huir, en realidad voy a suicidarme. Sólo deseo morir en el mismo lugar donde ella cayó.

Fue un día igual a otros. Húmedo, opaco y gélido. Se encaminó con paso decidido por las calles solitarias. Cabizbajo, apenas saludó a algún convecino tan gris y anodino como él.

Otro que se encamina al muro, pensó al captar su aire resuelto, porque esta decisión significativa cubría el rostro del temerario de una euforia inusual. Bajó la pendiente, atravesó el pedregal y, al fondo, avistó el muro, que se alzaba temible, atemorizante. Ni siquiera se detuvo, tal fue su decisión. Tampoco miró a su alrededor, siguió caminando con la valentía inconsciente de quien lo tiene todo perdido. Pensó en algo inconcreto, en unos ojos que un día lo miraron de una forma recriminatoria que le removieron el alma, y también en que, en algún lugar, existía sin duda un aire limpio y algún reducto alegre y soleado.

El mundo detrás del muro es para los valientes, había oído decir, y la valentía asusta a los cobardes, sólo que él nunca fue un valiente, ni siquiera fue capaz de acompañar a Eliza.

Pero ahora sí. Ahora tenía que dar la talla. Cuando llegó al pie del muro, no se detuvo. Trepó y trepó hasta alcanzar el otro lado. Sorprendido de su proeza, trató de captar algún ruido, el ladrido de los perros, los avisos de alerta de los vigilantes, algo, pero el viento que provenía del bosque cercano era el único que lo llamaba. Incrédulo, y, reflexionando acerca del resultado de su valentía, se encaminó en dirección al bosque.

Pronto comenzó a saborear tímidamente el triunfo y la extraña sensación de sentirse libre, incluso experimentó cierta frustración por no haber conseguido su objetivo real. Estaba vivo sin querer. Las nubes se desgajaban a lo lejos y el sol brilló por encima de los árboles. El siguió caminando cada vez más deprisa, ya corría y pronto comenzó a enumerar y a mascar ese conjunto de motivos por los que ya quería seguir viviendo, incluso le pareció increíble haber pensado hacía un momento en lo contrario. Después de una larga caminata se encontró fuera de los límites del bosque. A lo lejos vio una casa rodeada por un jardín.

Las rosas florecían y los setos estaban bien cuidados. Cuando se acercó, frente a él estaba un niño que al verlo comenzó a gritar y a correr despavorido. Él lo siguió, trataba de decirle que era el primero en conseguir la ardua, peligrosa y terrible huida de una ciudad siniestra; quería transmitirle al chico la feliz ilusión del iluso.

Apenas notó el impacto. El hombre acababa de dispararle. Antes le había ordenado al niño que entrara en la casa y a él le gritó que no se acercara, pero no le hizo caso y siguió caminando mientras, con lágrimas en los ojos, exclamaba que lo había hecho por Eliza y por todos los que también lo intentaron sin éxito. Fue entonces cuando el hombre de la casa le disparó en medio de un terror en donde sobresalía la ávida codicia del que se quiere cobrar una pieza. Después de que se hubo asegurado que estaba muerto, hizo una llamada de emergencia. Temblaba de pies a cabeza, y, una vez que tiró el arma, descontrolado, se arrodilló junto al cuerpo inerte y  registró sus bolsillos. Sólo encontró una simple nota, estaba arrugada y empapada en sudor, en ella el fugitivo había escrito en rojo un nombre, sin duda el único motivo que lo había empujado a suicidarse.

Mely Rodríguez Salgado


                       High Park Pickets  -  Rob Gonsalves


                      Another Brick In The Wall, Part Two  -  Pink Floyd





lunes, 11 de septiembre de 2017

El viento



A comienzos de la estación seca veis a todos los pájaros remontarse muy alto por los aires. Dan vueltas, aletean, se abalanzan, se dejan caer, remontan el vuelo, se persiguen, infatigables, obstinados, como si quisieran despistar. Todas las mañanas se citan en el cielo, donde evolucionan por bandadas, juguetean y pían a cual más fuerte. Pero si los observáis más detenidamente, veréis que semejante torbellino de alas, plumas y trinos ensordecedores, que cualquiera podría tomar por una pelea, no está causado por los pájaros, sino por el viento, el viento que los lleva, el viento que los lanza, el viento que los sopla, los anima y los cansa.

Lo mismo ocurre a ras de suelo con eso que pasa levantando polvo, esa rápida bola de plumas, temblorosas, que no es el avestruz, sino el viento.

El viento.

El viento vive en la cumbre de una montaña muy alta. Vive en una gruta. Pero casi nunca está en casa, pues no puede estarse quieto. Siempre tiene que salir. Cuando está dentro, da voces y su cueva resuena en la lejanía como el trueno.

Cuando por casualidad se queda dos o tres días en su casa, tiene que dedicarse a hacer ejercicio.

Baila, brinca, salta sin ton ni son; le propina grandes arañazos a las piedras de silex, picotazos a las rocas, aletazos a su puerta, aunque la tierra se estremezca a lo lejos y el monte en que habita esté lleno de barrancos. Pero no debemos creer por eso que está enfurecido o que mide sus fuerzas, no. Se divierte. Juega. Eso es todo.

Hace tanto ejercicio que siempre tiene hambre. Por eso entra, sale, vuelve a casa y sale de nuevo.

Pero es todavía más impulsivo que glotón. Vuela hasta muy lejos para traer una semilla diminuta que deja caer antes de volver para abalanzarse sobre una piedra brillante que se dispone a depositar en su nido. Su casa está llena de conchas, chinas, de cosas atractivas e inútiles, un viejo trozo de hierro, un espejo. No hay nada que comer, nada bueno. Fuera, se come una mosca, la emprende con un plátano, desentierra una raíz de mandioca, sacude los árboles sin recoger las nueces, salta de los arrozales a los campos de mijo, revuelve el maíz, dispersa las habichuelas y las habas. Siempre distraído, pero con el ojo encendido por la codicia, suele comisquear todo sin llegar a alimentarse de forma seria. Por eso siempre tiene hambre.

Es un ser tan atolondrado que con frecuencia ignora el porqué de su salida y llega a olvidar su hambre. Entonces se pregunta:

-¿Por qué estoy dando vueltas en el aire?

Y se enfurece y destroza todo, las plantaciones y lo demás, y aterroriza a los hombres guarecidos en sus pueblos. Una vez que ha conseguido derribar la choza de paja del jefe, ya se encuentra satisfecho y se remonta muy alto por los aires.

Entonces se dice que planea.

El agua apenas se riza.

¿Habéis notado que el viento no tiene sombra, ni siquiera cuando merodea en torno al sol, en pleno mediodía?

Es un auténtico mago.

Por eso es inconstante.

Es el hijo de la Luna y el Sol.

Por eso nunca duerme y nunca se sabe cuando bromea, zascandilea o se enfada.

A fuerza de ir y venir, de dar vueltas y de regresar una y mil veces sobre sus pasos, nada se mueve en torno a su vivienda. Allí no hay más que piedras, piedras, arena y piedras movedizas. Es un espantoso desierto de calor y sed, y otra vez calor. Aquí es donde el viento juguetea como si tuviera hijos pequeños. Pero no tiene hijos. Vive solo. Y todas esas señales en la arena, las grandes y las pequeñas, las ha hecho el viento, bien posándose sobre sus patas, bien con la punta de las alas al desplazarse, y si os caéis en un hoyo, es también el viento quien lo hizo a propósito con un pico.

¡Buscad al viento! Pensaréis que está en una duna y estará en un barranco; lo buscaréis por los valles y estará en la cresta de una montaña. ¡Buscad al viento! Se reirá de vosotros en cada desfiladero, en cada pliegue del terreno, lejos o muy cerca, detrás de vosotros remolinea. ¿Qué forma tiene? Si rastreáis huellas en la arena, acabaréis como una tortuga. Pero el viento está en la tortuga. Él ríe. Es un tambor. Y si oís andar por las piedras, no es un lagarto, es el viento, sí, el viento.

Cuando el viento acaba por tener demasiado calor en su tierra, se marcha lejos y se deja caer en el mar. ¿Creéis acaso que saltan los peces? No, es el viento. ¿Una piragua que zozobra? No, es el viento.

¿Una nube?

¡Ya está aquí la lluvia!

¡Ya está aquí la lluvia!

¡El tiempo seco ha terminado!

¡Y es otra vez el viento!

Gracias, viento.




                       El Peine del Viento - Eduardo Chillida



                        Call Me The Breeze - Eric Clapton




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sábado, 2 de septiembre de 2017

El testamento


Se cuenta que un señor, por ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente escrito:


“Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta del sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo Facundo”.


Cuando se leyó el documento, las personas aludidas se atribuían la preferencia. Con el fin de resolver las dudas, acordaron que cada uno se llevara el escrito y le colocara la puntuación respectiva.

El sobrino Juan lo presentó de la siguiente forma:


“Dejo mis bienes a mi sobrino Juan, no a mi hermano Luis. Tampoco, jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


El hermano Luis presentó su reclamo de esta manera:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? ¡No! A mi hermano Luis. Tampoco, jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


El sastre justificó su derecho como sigue:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. Se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


Los Jesuitas consideraron que el documento debería interpretarse de la siguiente manera:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. ¿Se pagará la cuenta del sastre? Nunca, de ningún modo. Para los Jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo. Facundo”.


Esta lectura ocasionó grandes escándalos y para poner orden, se acudió a la autoridad. Ésta consiguió establecer la calma y después de examinar el escrito, dijo en tono severo:

Señores, aquí se está tratando de cometer un fraude; la herencia pertenece al Estado, según las leyes; así lo aprueba esta interpretación:


“¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco. Jamás se pagará la cuenta del sastre. Nunca, de ningún modo, para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo. Facundo”.


En tal virtud, y no resultando herederos para la herencia, queda incautada en nombre del Estado, y se da por terminado este asunto.

Nota: el presente texto cuenta con numerosas versiones en la red. Desconozco al autor/a.

La lectora - Pierre Auguste Renoir, 1890


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